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Admitámoslo: escoger un vino es un proceso que intimida. A menudo me pongo a ‘escanear’ todas las botellas con la esperanza de que, milagrosamente, dé con lo que busco. Al final, vuelvo a elegir las tres o cuatro recomendaciones que me habían hecho mis amigos y familiares. Otras veces me paso horas en el pasillo del supermercado donde están los vinos, convencida de que encontraré algo nuevo y diferente, para al final marcharme decepcionada.

Para complicar aún más las cosas, cuanto más oigo hablar de vino, más confundida me siento. ¿El hecho de que tenga un tapón de corcho significa que el vino es de mejor calidad? Eso es más una percepción del mercado. ¿Hay que poner los vinos blancos a enfriar? A menudo se beben demasiado fríos. ¿Los vinos más caros siempre tienen el mejor sabor? ¡No tan rápido!

¿Y qué sucede con las descripciones? No son únicamente los adjetivos, que son vagos e inadecuados, como ‘extravagante’, ‘austero’ o ‘fuerte’; las referencias a los objetos tangibles tampoco ayudan. ¿Alguien sabe qué sabor tiene el carbón? Yo no.

Así que no es de extrañar que un paseo por el pasillo de las bebidas alcohólicas nos cree cierta inseguridad. Dejando de lado el esnobismo que existe con relación al vino (es una cosa), los conocimientos que se adquieren en una clase de cata de vinos pueden ayudarnos a tomar la decisión correcta.

Así es cómo entré en el estudio de vinos VinoRoma de la capital italiana. ¡Bienvenidos!

Qué hacer y qué no en una cata de vinos

Despejemos algunas dudas. En primer lugar, los cubos que ves en el sitio no son para enfriar las botellas, sino que son ‘escupideros’ (también se les llama ‘cubos de degustación’). Por supuesto, y aunque suene extraño, escupir es una práctica aceptable en las catas de vinos, como también lo es verter el resto de la copa en el cubo.

De este modo, no tendrás que sentirte culpable por dejar media copa de vino cada vez que pruebes uno. Aunque es posible ‘entonarse’ un poco durante una cata de vinos, emborracharse es sin lugar a dudas de muy mala educación. Si no estás acostumbrado a beber alcohol, asegúrate de comer algo y beber mucha agua antes de asistir a una cata de vinos.

Igualmente, para evitar interferir con el sentido del olfato de cualquier otra persona, los asistentes no pueden llevar ningún perfume, after-shave o producto cosmético, así como no pueden fumar antes de la cata.

Brindar y catar

El curso empieza con una breve introducción a los vinos que a continuación cataremos durante la sesión. Acto seguido, llega el momento que hemos estado esperando. Pero antes, se nos informa de que hay tres cosas que debemos hacer una vez nos pongan delante la copa de vino y pasemos a bebérnosla:

1. Examina el Color
¿A qué se parece? Intenta describir el tono con la máxima precisión posible y trata de memorizarlo.

2. Echa un vistazo a las ‘lágrimas’
Es decir, las gotas que quedan enganchadas en el interior de la copa después de haber movido suavemente la copa. Son una indicación de la viscosidad del vino, la cual es directamente proporcional a su contenido de alcohol y azúcar. Por norma general, aunque no siempre, los vinos más fuertes son más viscosos, por lo que las gotas fluirán más lentamente.  “Es una sensación que desarrollas a medida que catas más y más vinos”, dice Maurizio Di Franco, sommelier de VinoRoma.

3. Huélelo
De nuevo, intenta pensar en los adjetivos precisos. “Dulce” es demasiado vago; “afrutado” o “floral” es más específico.

4. Prueba un pequeño sorbo
Este paso es solo para preparar el paladar. Un pequeño sorbo será más que suficiente para comenzar.

5. Degusta el vino
Da un segundo sorbo y hazlo circular en la boca; a continuación sórbelo para dejar que entre aire en el pasaje retronasal y poder elaborar una fotografía completa de su sabor (no seas excesivamente duro contigo mismo: sorber adecuadamente requiere tiempo). ¿Qué sabor tiene? Una vez más, piensa en adjetivos concretos que te ayuden a memorizar el sabor.

Una vez hayamos probado diferentes tipos de vino, aprenderemos a distinguirlos en función de su contenido de alcohol, su acidez, su tanino y muchas otras características. Una vez nos hayamos dotado de todo este nuevo conocimiento, empezaremos a descubrir qué es lo que nos gusta de un vino y, por lo tanto, cuál disfrutaremos más.

La experiencia es realmente gratificante; además de que, llegados a este punto, la terminología aparentemente absurda que aparece en las descripciones de las botellas de vino por fin cobra sentido. Como escritora, esto me apacigua el corazón. ¿O es el vino que empieza a afectarme?

El maridaje: si crecen juntos, es porque van juntos

“En Italia, el vino va siempre de la mano con la comida”, afirma Di Franco. “Si crecen juntos, es que van juntos”.

Cuando se trata de vinos italianos, el ‘terroir’ lo es todo. El clima y la composición mineral del suelo difieren mucho de una región a otra. El norte de Italia tiene un clima continental, con menos días de sol al año y más lluvia; mientras que el sur de Italia goza de sol abundante que hace que las uvas sean más dulces y, por tanto, que los vinos tengan un contenido de alcohol más alto. Esa es la razón por la cual, cuando se trata de vinos italianos (y de muchas otras regiones vinícolas del ‘Viejo mundo’), no tiene tanto sentido hablar de variedades de uva como de regiones.

Por norma general, y no solo con relación a los vinos italianos, los climas más fríos tienden a producir vinos más ácidos, los cuales combinan mejor con alimentos secos (como la pechuga de pollo) porque limpian el paladar, o con alimentos más grasos o fritos, ya que el ácido corta la grasa. Los vinos menos ácidos no deben combinarse con los alimentos ácidos, ya que estos últimos ‘taparán’ el sabor del vino. Ten cuidado de no maridar un vino poco ácido con, por ejemplo, una salsa con gran contenido de tomate.

El maridaje es una ciencia en sí misma, en la que el dicho “si crecen juntos, es que van juntos” es una muy buena regla general para aplicar.

¿Costoso es igual a excelente?

Lo más probable es que, hace poco, alguien te haya dicho que no hay una gran diferencia entre vinos caros y vinos baratos. Esta creencia generalizada se debe a un estudio de 2008 que causó un revuelo en el mundo del vino, y que posteriormente se ha convertido en parte de la cultura popular.

Aquel año, el crítico culinario Robin Goldstein implicó a 500 personas en una cata a ciegas con el fin de evaluar su capacidad de discernir entre los vinos más económicos de los más caros. ¿Cuál fue el resultado? Sorprendente, ya que, de manera consistente, los vinos más baratos obtuvieron mejor puntuación que los caros cuando los evaluadores eran “bebedores diarios de vino”, como Goldstein los definió.

Lo que muchos artículos no mencionaron, sin embargo, es que cuando el 12% de esas 500 personas, que era el porcentaje que tenía cierta formación en la cata de vinos (e incluso habían participado en como mínimo una cata de vinos) evaluó los vinos, asignaron una puntuación más alta a los vinos más caros.

Como Goldstein admite en su estudio, las razones que se esconden tras sus preferencias son el auténtico tema central de la cuestión. Es más, los precios no están asignados de manera uniforme, lo que quiere decir que la correlación entre precio y calidad no es algo tan sencillo como parece, ni tampoco algo fiable.

No obstante, una cosa sí que es cierta: para aquellos de nosotros que nos sentimos perdidos en el pasillo de los vinos, una clase de cata de vinos puede darnos las herramientas necesarias para entender lo que realmente nos gusta, y a escoger un vino independientemente del precio. Este es el punto en el cual yo personalmente pongo el límite y disfruto de una buena copa de vino.

Agradecimientos cordiales a la fundadora Hande Leimer y al sommelier Maurizio Di Franco de VinoRoma.


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