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Quizás estemos en deuda con los hipsters, o quizás simplemente estemos entendiendo el pasado, ahora que el mundo parece girar más rápido que nunca. Sea una cosa o la otra, estos últimos años hemos sido testigos de un redescubrimiento de lo «retro» y lo «vintage» en todo aquello relativo a la moda, la música y los estilos de cocinar. Asimismo, los diseños de los muebles de anticuario son más populares que nunca y todo el mundo desea que sus curados artículos para interiores sean capaces de explicar una historia.

Con un pasado que se remonta a siglos atrás, y mucho antes de que el Renacimiento italiano le diera una expresión formal, la emblemática silla Savonarola es sin duda esa pieza.

Un asiento de firma

Para los no iniciados, la silla Savonarola es un tipo de silla plegable dotada de respaldo y descansabrazos, cuya estructura está hecha de varias tablillas de madera que se solapan entre sí para crear una forma de X. La silla reposa sobre unos raíles base que a menudo terminan en unas patas de garra de león.

A pesar de tener sus orígenes en la antigua sella curulis (“silla curul”, que supuestamente proviene de curruso “carro”) que utilizaban la mayor parte de personas influyentes de la República Romana, la silla Savonarola no fue bautizada con su nombre hasta el siglo XIX gracias al fraile dominico del siglo XV Girolamo Savonarola (1452 – 1498), cuando la famosa silla aparece en su celda en el convento de San Marco, en Florencia.

Crítico con la corrupción y la inmoralidad de la Iglesia de su tiempo, Savonarola predicó la penitencia como el único camino a la salvación y mostró su repugnancia ante cualquier tipo de lujo, organizando hogueras en las que quemaba públicamente pilas de libros u obras de arte estigmatizadas por ser símbolos del pecado. De manera irónica, el mismo Savonarola acabó en la hoguera, acusado de hereje. Por si eso no fuera poco, más tarde también dio su nombre a uno de los objetos que él más odiaba: un símbolo de prestigio social y de lujo.

¿Símbolo de prestigio social? Así es, porque la silla curul de la cual proviene el diseño actual sirvió una vez como asiento sobre el cual tenían derecho a sentarse los poderosos magistrados romanos. De hecho, las únicas decisiones consideradas legales eran las que se tomaban desde esta silla, como ratificación de poder. El asiento también era práctico porque podía plegarse y, por lo tanto, podía moverse con facilidad, lo cual era una característica muy importante especialmente en los campos de batalla, donde el tiempo y la velocidad eran de suma importancia.

En la Edad Media, el uso político de la todavía no cristiana silla Savonarola dio paso al uso religioso, cuando saltó a escena el medieval faldistorium (que proviene del término germánico faldastôl o “silla plegable”). Como su nombre indica, la mayor ventaja de este asiento es su practicidad. La portabilidad de la silla fue crucial en actos ceremoniales en los que desplazar el trono eclesiástico resultaba imposible y se necesitaba un asiento sustituto. A lo largo de los años (especialmente durante el siglo XVI), el elemento de funcionalidad, que estaba por encima de la forma del objeto, se vio reemplazado por la tendencia a la decoración que destacaba en los tallados complejos y la tapicería exuberante.

Otra decepción para Savonarola, incluso en la tumba.

Una interpretación moderna

En el siglo XIX, y tras haber adquirido su nombre a raíz de los asientos hallados en el convento donde vivió el fraile que le dio el nombre, la silla Savonarola dejó de estar de moda. El gusto «romano» en general perdió el atractivo, como también lo hizo la silla curul, que se vio reemplazada por butacas de respaldo alto y más cómodas pero menos portables.

Aún así, el siglo XX vio como los diseñadores de muebles volvían a recuperar de nuevo la icónica silla Savonarola y diseñaban magníficas actualizaciones de la misma, como la Silla Barcelona (1929) de Mies van der Rohe, la silla de tijera de Harvey Probber (conocida con el nombre de silla Probber) o incluso la de Elsie de Wolfe, considerada como la primera interiorista profesional americana, cuyo taburete de hierro forjado en forma de X dio a este diseño un toque más glamoroso.

Más recientemente, una nueva, moderna y cautivadora versión de la butaca Savonarola ha ganado relevancia gracias a Ferroecò, una pequeña empresa de diseño artesanal situada en las afueras de Milán y dirigida por la pareja de artesanos y emprendedores Sara y Marcello di Terlizzi. Su butaca «Girolamo», hecha totalmente de hierro en vez de madera, es una preciosa e innovadora interpretación de este antiquísimo diseño.

Su visión contemporánea se mantiene fiel al original por lo que respecta a la forma y otros detalles menores, a la vez que representa una modernización gracias a un diseño minimalista del respaldo, cuya suave superficie y bordes ondulantes consiguen evocar la austeridad y la grandilocuencia de los diseños Savonarola que han ido apareciendo a lo largo de los siglos.

La silla Girolamo, que está disponible en colores blanco, cromado, rojo iridiscente o incluso chapada en oro de 18 quilates, invita a la estética del estilo Savonarola a entrar en el presente y a no quedarse anclada en el pasado.


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