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A finales de los 70, el skateboard era un concepto principalmente equivalente a lo que se conocía como la ‘banana board’, un término ligeramente peyorativo pero apto para describir aquellas tablas baratas de bolsillo caracterizadas por unas plataformas de plástico de colores llamativos.

Lamentablemente para sus fabricantes, un nuevo estilo agresivo de patineta emergió rápidamente. Los nuevos diseños exigían nuevos tipos de material rodante, con lo cual la ‘banana board’ pasó de la noche a la mañana, a estar pasada de moda. Luego desaparecieron, hasta hace un par de años, cuando unas tablas de aspecto muy parecido empezaron a volver a rodar por las calles bajo el nombre de ‘los cruisers retro de vinilo’.

¿Podría esta reaparición significar el estancamiento de las patinetas o, al contrario, es este regreso al pasado una invitación a redescubrir un elemento fundamental de una vida oscilante sobre una tabla?

El auge y caída de la ‘banana’

A lo largo de sus 60 años de historia, las patinetas se han ido modernizado constantemente, tanto respecto al elemento físico como al hecho de que han ido apareciendo nuevos usuarios que han impulsado el deporte y lo han llevado a nuevas direcciones. Y no solo eso, sino que el arte urbano de los practicantes de este deporte también se ha expresado en forma de graffiti, moda y personalización de equipos.

En la infancia de las patinetas se probaron y descartaron muchos formatos diferentes de tablas, hasta que a principio de los años 70 el diseño cuajó en forma de rombo alargado. Este diseño se convirtió en la base de la ‘banana board’ cuando los fabricantes extranjeros más emprendedores vieron la oportunidad de fabricar un producto para el mercado de masas basado en cambiar el elemento de madera por un vinilo barato moldeado por inyección.

Ya en la década de los 80, las tablas profesionales empezaron a emplear chapa de madera de arce canadiense prensada al vapor, un material flexible que absorbe fácilmente los mayores niveles de impacto que surgen a partir de las nuevas maniobras que retan a la gravedad. Las tablas se hicieron más anchas y más extremadas en su forma con la intención de asistir mejor a los trucos que los usuarios empezaban a practicar. La clave de estos avances fueron las empresas fabricantes, ahora independientes, regidas por personajes idiosincráticos que se han inspirado en la estética y estilo de ‘Z-boys’, el legendario equipo de patineta que encendió la llama de la práctica de este deporte a través de una combinación de un talento atlético revolucionario y una actitud basada en la confrontación.

Bajo esta influencia, el mundo del ‘skate’ se acercó más al Rock & Roll que a cualquier hobby del gusto de los padres. La creciente cobertura mediática instaló una profunda mitología en estas empresas extravagantes, sus productos y sus patinadores asociados.

Aunque para muchos fans del ‘skate’ la ‘banana board’ había sido un punto de partida, el desagrado progresivo y generalizado acabó materializándose en una visión que los consideraba ‘juguetes inútiles de plástico’; es más, los equipos gastados y pasados de la generación anterior empezaron a ser preferibles en relación a sus equivalentes de plástico, mientras que cualquier persona vista subida a uno de ellos se convertía automáticamente en un forajido social dentro del mundo del ‘skate’.

El retorno de la Cruiser

Y aun así, han vuelto. Lo que fácilmente podía haberse convertido en un cul-de-sac cultural se ha elevado ahora a icono gracias a toda una serie de marcas y boutiques lideradas por la compañía australiana Penny Skateboards y toda una gama de productos de pequeñas marcas, además de otros pequeños productores de Asia que fabrican los mismo productos pero sin marca. Y por lo que se refiere a si estos son exactamente los mismos productos, o si dichas fábricas mantienen la reputación como imitadores expertos, esta es una cuestión abierta a debate. No obstante, el hecho ilustra cómo una comunicación meticulosa de marca puede convertir un producto de números en un objeto de deseo.

Estudia cualquiera de estas marcas cruiser y verás la proyección de la imagen sobre la auténtica función del producto. Es más, una intrigante similitud entre productos resuena en sus respectivas y ambiciosas imágenes de marca: una nostalgia de enfoque suave expresada mediante una fotografía untada de vaselina, un diseño gráfico que favorece la tipografía serigrafiada rectilínea u ondulada, y vídeos promocionales granulosos, tomas largas con la cámara en movimiento y una banda sonora de lo más genial. Este enfoque intenta revitalizar un producto ‘muerto’ a través de hacer referencia a una ‘cultura playera’ vintage vernácula que puede, o no, haber existido jamás, a la vez que sugiere que la patineta siempre ha poseído un innegable factor ‘genial’ que lo diferencia de otras prácticas físicas.

Si seguimos su historia, parece que la vigente actitud de la patineta tiene sus orígenes en el atrevimiento de la actividad en sí, amplificada por el control experto del diseño que rehuye cualquier imaginario sobre producido o los eslóganes facilones que caracterizan a buena parte de los deportes de masas. En vez de eso, las compañías de ‘skate’ emplean un tono de voz distante que instiga al consumo de una marca en concreto a través de dar a entender que es la más auténtica y que tiene unas conexiones más profundas con los orígenes del deporte, como por ejemplo la libertad de pensamiento y la búsqueda de la excelencia tanto en la técnica como en los saltos.

¿Cuál es el trato?

En el caso de esta práctica, que se enorgullece de su propia evolución, la reaparición de una fase de desarrollo ya superada podría sugerir que la patineta ha excedido su fecha de caducidad. Así, aunque sería fácil desestimar la cruiser por ser una reminiscencia teñida de rosas, hay que también tener en cuenta lo que sucede cuando uno detiene la deconstrucción teórica y empieza a evaluar el artefacto físico en sí. Rodar sobre una cruiser es descubrir una sinergía perfecta de componentes funcionales que, de hecho, simplifican la experiencia y hacen que todo ello sea una diversión sin complicaciones. La capacidad de la cruiser de deslizarse silenciosamente por las calles saca al patinador de su contexto y lo transporta a los mejores y entrañables momentos de Venice Beach, allí por el año 1975.

La provisión de esta plataforma literal desde la cual es posible reinterpretar el entorno urbano es lo que ha hecho que el skateboard se haya convertido en una forma cultural alternativa. No obstante, la pregunta continúa abierta: ¿por qué ha resurgido ahora la cruiser?

La pregunta es de difícil respuesta. Uno podría señalar a las tendencias retro actuales, aunque ello sería demasiado fácil. Una alternativa sería que la patineta moderna ha sido víctima de su propio éxito: su actitud independiente la convierte en un club exclusivo. Para entrar en él, uno debe entender una colección de códigos complejos ejemplificados en parte por lo que aparentemente serían nombres sin sentido que se asignan a los trucos y saltos, un factor que sin duda ya desanima a cualquier skater en potencia.

Irónicamente, dada su desaparición la primera vez, quizás la cruiser haya vuelto simplemente porque su mensaje retrospectivo e inclusivo nos ofrece una alternativa que hoy se ha convertido en una necesidad.

 

 


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