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Las palabras “yoga aéreo” me intimidan. Mi inexperiencia me sugiere imágenes de un trapecista del Cirque du Soleil realizando saltos mortales, escalando, y dejándose caer desde una gran altura con la única ayuda de una cuerda elástica. No sé nada de acrobacias ni de gimnasia; y si alguien me pregunta acerca de saltos acrobáticos, mejor que se lo piense dos veces. Siendo alérgica al riesgo (y una completa gallina), me gusta pensar que tales actos se disfrutan más cuando eres espectador que como participante.

Sin embargo, últimamente en la academia donde practico yoga se ha hablado mucho de los mágicos efectos y la diversión que proporciona el yoga aéreo. Cuanto más voy conociendo al respecto, más aliviada estoy de que mis primeras comparaciones con el circo fueran erróneas, y de que en realidad esta práctica tenga más relación con las “habilidades aéreas” que con malabarismos y acrobacias; es decir, una combinación de baile, gimnasia y acrobacia practicada con una cuerda suspendida de gran elasticidad.

El yoga aéreo usa tanto el suelo como una hamaca de suspensión baja en nylon de alta densidad para explorar las tradicionales asanas (posturas de yoga) durante los períodos de suspensión en el aire. Y como el yoga convencional, también se centra en la respiración, la alineación, la consciencia contemplativa y el dejar fluir.

Como alguien a quien le gustan las experiencias nuevas, estoy intrigada pero a la vez reacia a intentarlo debido a miedos arraigados y angustiosas historias que me pasaron a lo largo de los años y que están relacionadas con caídas o lesiones graves. “Un paso en falso y…” No obstante, he decidido alejar los pensamientos negativos y centrar todas mis energías en el hecho de simplemente dejarme ir y después veremos.

El estudio es espacioso y está bien ventilado, además de una sensación de serenidad. Seis hamacas bien espaciadas entre ellas cuelgan en su interior, mientras se está instalando una séptima. Somos seis mujeres y la mayoría no parece ser una experta. Ninguna se presenta ni habla con las demás; se respira cierto nerviosismo. La clase es de nivel uno y está pensada para todo tipo de principiantes. Nuestro joven profesor (certificado para niveles 1 y 2), Yuva, está dispuesto a responder cualquier duda sobre las instrucciones y ajustes necesarios.

Pocos minutos después de seleccionar nuestras hamacas y de aprender cómo alinear y manejar la cuerda y el tejido, la clase empieza con una pose básica (de montaña) llamada tadasana.

“Coloquen sus hamacas detrás de ustedes; debajo de los hombros, y que los brazos adopten la postura Namaste. Inhalen, flexionen suavemente las rodillas, recuéstense hacia atrás, extiendan los brazos y arqueen la espalda. Exhalen, sujeten el tejido y balancéense hacia delante”, nos dice Yuva mientras nos guía para alcanzar la ‘plancha aérea’ con cierta música de relajación de fondo. La rutina de calentamiento va progresando con cierta rapidez y pronto empezamos a realizar ‘círculos de cadera’.

[Izquierda: plancha aérea; Derecha: cobra]

Estoy justo delante del profesor. Desde mi vista panorámica puedo observar cómo ejecuta las poses con equilibrio y precisión. Escucho atentamente sus instrucciones, sigo sus movimientos hasta lograr una T, aunque mi ejecución es torpe y tosca. “Mantén los pies juntos”, me dice serenamente pero con firmeza. Intento recuperar la compostura.

A partir de ahí, empezamos una rutina vinyasa (es decir, un flujo dinámico): de cobra a guerrero 2 y guerrero pacífico, vamos aprendiendo los equivalentes aéreos de varias posturas de yoga tradicionales, avanzando consecutivamente. La hamaca colgada del techo ofrece apoyo y permite que mi cuerpo pueda funcionar contra la gravedad; aquí las sensaciones físicas son más intensas y están alejadas de cualquier otra clase de yoga a la que haya asistido.

“Traten cualquier incomodidad muscular que experimentéis como si se tratara de una sensación agradable”, señala el profesor.

Muy pronto pasamos a intentar una variación de la postura del perro boca abajo, y que estoy a punto de descubrir que es de extrema dificultad. Ahora Yuva espera que nos tambaleemos sobre la hamaca, caminemos hacia delante con las palmas de las manos sobre la estera, y que levantemos los talones hasta acercarlos a las nalgas. Da miedo intentar mantener los pies en el aire, conectar con tu propia respiración, encontrar el equilibrio y estabilizar la hamaca, todo al mismo tiempo.  Mi mente rechaza intentarlo; seguro que me voy a caer.

[Postura del perro boca abajo]

Yuva se acerca y nos ayuda a todas. Suavemente, levanta mi pie derecho del suelo y lo sostiene mientras yo levanto el otro. Y simplemente, como por arte de magia, mis piernas quedan suspendidas en el aire.

“Ahora adopta la vrikshasana aérea (la pose del árbol)” me dice entonces. Eso significa que tendremos que escalar hasta el lazo que tenemos cerca, mantenernos sobre un solo pie, mientras que con el otro pie ejercemos presión sobre el muslo de la otra pierna, y finalmente juntar las palmas de las manos.

“Creo que voy a saltar”, digo en voz alta.  “Inténtalo”, me responde animándome.

La curva de aprendizaje es abrupta, aunque tras unos cuantos intentos fallidos, y después de concentrarme de nuevo en ello, empiezo a adoptar una posición que parece la de una acróbata. Bueno, casi.

A continuación intentamos la posición de la salabhasana voladora (la pose de la langosta); con el cuerpo paralelo al suelo, la hamaca sujetando mis caderas y los brazos extendidos hacia atrás sujetando los interiores del arnés, empiezo a ‘volar’ hacia delante y hacia atrás. Lo siento en el torso, los brazos y las piernas, pero por encima de todo me siento empoderada y liberada. ¡Wowww! Como un pájaro, como un avión…. ¡como Superman!

[Halasana (postura del arado)]

Antes de poder vanagloriarme de mis logros, adoptamos una halasana (la posición del arado) y el temido salto a la inversa. Con la hamaca meciéndole el cuerpo desde los hombros a la parte posterior de sus muslos, Yuva realiza una demostración juntando los pies sobre la cabeza y, a continuación, sobre el suelo con total fluidez y control.

El corazón se me acelera. Ahora camina hacia mí y, con calma y tranquilidad, dirige mis movimientos uno a uno haciendo que parezcan fáciles. Y antes de que pueda darme cuenta, ya he aterrizado y, a la vez, me he despojado de mis miedos. Cuando vuelvo a intentarlo sola, toco mal el suelo con un temblor y un tropezón. A eso le siguen un puente aéreo y una pose de sirena (ambas representan doblarse hacia atrás), pero a estas alturas voy a toda máquina gracias al control que mantengo sobre mí misma.

[Izquierda: puente aéreo; Derecha: sirena aérea]

La última es la reina de las poses: sirsasana (parada en la cabeza). En la versión aérea estás agachado con la cabeza varios centímetros por encima del suelo y apoyado únicamente con una hamaca enrollada alrededor de tus caderas y piernas. Hago una pausa y espero a ver quién de mis compañeras de clase será lo suficientemente valiente como para ser la primera en colgarse como un murciélago. Una de ellas dice marearse. Otra suelta un breve chillido antes de incluso llegar a adoptar la pose. Yo intento que sus reacciones no me infundan inseguridad.

Respiro hondo varias veces y, luego, corrijo la alineación antes de adoptar la posición totalmente invertida. Mantengo los pies unidos, las palmas de las manos mirando hacia el techo, la cabeza y las caderas me pesan, y entonces me suelto y dejo que la hamaca tome el control. Siento que la columna se me alarga y que mis preocupaciones se disuelven. Tengo la sensación de que podría seguir en esa posición para siempre.

[Sirsasana (parada de cabeza)]

“¿Todo está bien?”, pregunta el profesor.

“No podría estar mejor”, le contesto. Entonces me hace girar 360º. “Más lentamente”, le ruego al sentirme mareada.

Ya vamos terminando, arropadas en nuestras respectivas hamacas, y adoptando la posición de la shavasana (la pose del cadáver). Me siento con una extraordinaria sensación de alivio, satisfacción y orgullo, todo a la vez.

[Shavasana (postura del cadáver)]

“¿Qué ha hecho que esa intimidatoria sesión fuera un éxito y no una lucha?”, me pregunto. Y entonces se me ocurre: aunque por un lado ha sido muy beneficioso realizar una práctica de yoga vinyasa y hatha, el éxito se halla principalmente en el hecho de estar conscientemente concentrada en la tarea que estaba realizando, en seguir atentamente las instrucciones del profesor y tener plena confianza en la hamaca.

El esfuerzo que he hecho en superarme a mí misma cada vez más, me ha permitido ir construyendo gradualmente las aptitudes y la confianza que me han empujado a hacer lo imposible y superar mis inseguridades.

Cuando alcanzas ese punto tan agradable en el que el miedo se convierte en confianza es cuando realmente eres testigo de la euforia de flotar libremente; y eso, que quede claro, no se debe simplemente al hecho de flotar suspendida sobre una hamaca.

[Fotos: Prahlad Shrinivas]


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